Me siento horrible, mis valores y principios los he usado como estropajo; no los he traicionado aún pero sé que lo haré. Qué tremendo enredo de sensaciones y sentimientos se atropellan en mi corazón, se agolpan en mi mente mostrándome el error en mis decisiones, regañándome por traicionar mis valores, por comportarme como esos seres que detesto y critico que son los hipócritas. Mi mente se enceguece en este camino, los sucesos inundan mis pensamientos y cubren toda esperanza de luz; me siento perdido en un camino sin salida cuyo fin es inevitable...
¿Acaso podré hacer algo? Me siento mal, pésimo por dentro, con deseos de acabar todo ahora, de alejarse de este mundo que exige más de lo que realmente se necesita para ser feliz. El hombre con el fin de hacer más fácil la vida la ha convertido en un sistema tan complejo que la vida misma se ve obligada a dejar de serlo... se convierte en muerte y nuestras manos se llenan de sangre.
Puedo amarte y perdonarte, pero aún el dolor vivirá para siempre en mi corazón, causándo daño perpetuo en mi alma, sofocando mis pensamientos, mis sueños y mi tranquilidad. Ya vivía con un dolor permanente y ahora otro más se suma a mi pesada mochila. Y aún así soy culpable.
Muero más por dentro y aguardo Tu misericordia, aquella que me prometió vida, gracia y perdón. Pero no todo me sonríe, no todo pasa como debería, me arrastro al pecado casi sin negarlo, sin ningún esfuerzo por zafarme de él. Pedí un deseo al cielo, algo que evite todo esto... espero y ya se agota el tiempo... ya se escapa la vida... se acerca la hora mortal... ya no hay vida... ya no hay vida... ya no hay vida...
Nuevamente tendré que levantarme del polvo, sacudirme, sonreir hipócritamente, hacer como si nada hubiera pasado, pero llevando esta dulce espina clavada en mi corazón.